No sé si te has dado cuenta pero la mayoría de las veces que nos relacionamos con nuestros semejantes generamos expectativas sobre cómo nos gustaría que se comportaran. Este hábito tan negativo se ha vuelto parte de nuestro día a día y sin darnos cuenta intoxica nuestras relaciones.

        La capacidad de destrucción que tienen está directamente relacionada con la intensidad del vínculo que exista entre los involucrados; es decir aunque espere cosas de todas las personas con las que me relaciono, el nivel de resistencia o rechazo cuando no se cumplen será mayor en el caso de una pareja o un familiar, que en el caso de un amigo o un compañero de trabajo.

Una expectativa es una idea mental sobre lo que queremos que pase, o sobre lo que desde nuestra percepción es probable que suceda. Esta aparece tras la incertidumbre o miedo ante una situación; cuando está no se cumple se produce gran decepción en la persona expectante.

         Si lo analizamos a profundidad realmente las expectativas son suposiciones centradas en un futuro incierto, que no solo involucran nuestra percepción sino la del otro, por lo tanto es muy probable que su respuesta sea distinta a la que esperamos y es aquí, donde comienzan los problemas.

        En ocasiones cuando tenemos una compañero/a, creamos películas mentales sobre a dónde irá la relación, buscamos un significado a todo lo que sucede; es como si pensáramos mentalmente que tenemos el control de lo que va a suceder y de cómo evolucionarán las cosas, sin tener en cuenta que la otra persona tiene su propia identidad, sus propias necesidades, sus propios sueños, etc.

       Las expectativas producen sufrimiento porque se originan en una de las características más negativas de nuestra personalidad, en nuestro egoísmo. Recordemos que nuestras intenciones, pensamientos y acciones son la semillas de nuestro futuro. Todo lo que sale regresa multiplicado, por ende lo que demos desde un pensamiento, acción o intención egoísta, producirá una respuesta de la misma polaridad.

Las expectativas se originan en el miedo y en la necesidad de controlar

          En varios artículos hemos mencionado que desde pequeños recibimos infinidad de información del entorno, esta y el ejemplo de las personas que nos rodean nos ayuda a construir nuestro sistema de creencias, nuestra identidad y por último nuestra percepción. Las tres se constituyen como los lentes a través de los cuales determinaremos que es adecuado o inadecuado, positivo o negativo, agradable o desagradable, etc. No olvidemos que cada uno crece en entornos distintos, por esto la interpretación que haremos de los acontecimientos externos será personal e individual.

          Carmen era una mujer fuerte, extrovertida, guapa, decidida, etc. Llevaba un tiempo saliendo con José; él era más bien una persona introvertida, le encantaba estudiar y viajar… Se llevaban muy bien y la relación iba viento en popa. Compartían, disfrutaban y se divertían permitiéndose sus espacios, respetándose y compartiendo con libertad aunque él comenzaba a esperar cada vez más de ella.

          José estaba muy “enamorado” se imaginaba una vida al lado de Carmen en la tranquilidad de un espacio conjunto, lleno de tiempo para leer y desarrollar su intelecto en compañía de su pareja. Aunque la vida social de Carmen le incomodaba, pensó que si le proponía que vivieran juntos sus salidas se reducirían y él podría obtener lo que quería.

           Carmen intentó adaptarse pero fue imposible, José solo quería leer y estudiar todo el día, ella lo aceptaba como era pero en el fondo a veces sentía la necesidad de que José se involucrara más en su vida social; por respeto siempre le dio su espacio.

          Con el tiempo José comenzó a sentir que las cosas no se estaban dando como él esperaba y empezó a experimentar malestar y rechazo. Cada vez que Carmen salía hacía mala cara, o le decía ¿otra vez? ¿siempre tienes que estar en la calle?

          Las discusiones se convirtieron en hábito, hasta que la relación se tensionó tanto que se rompió.

       Este ejemplo es muy simple, pero si lo analizamos bien observaremos que la intención de José al invitar a Carmen a vivir juntos no era del todo pura, había una motivación escondida que era que ella cambiara algo que a él no le gustaba; “José quería una dama de compañía, no una mujer con quien compartir”.

Una intención negativa en nuestro interior aunque sea inconsciente siempre genera destrucción.

          El problema en este ejemplo es sencillo pero la expectativa por pequeña que sea produce problemas. José sintió que Carmen no estaba cumpliendo con los parámetros que el tenía en su mente, comenzó a llenarse de rabia, era como si se sintiera engañado, pensaba que él cumplía el trato y ella no, cuando en realidad al compartir en pareja no hay tratos sino libertad. Podemos hacer acuerdos, hablar y ponernos en el lugar del otro, pero cualquier expectativa es una bomba de tiempo.

Reflexión

Las expectativas solo pueden existir en nuestra imaginación, alegrarnos o sufrir por algo imaginario no tiene sentido, no es real.

En el momento en que enfocamos nuestra relación de pareja en que el otro nos haga felices o se comporte como esperamos, estamos condenando la relación al fracaso. Inconscientemente comenzamos a culpar al otro por no proporcionarnos esa felicidad que esperamos recibir, nos confundimos y lo responsabilizamos de nuestra desdicha; entonces desde nuestra ignorancia sentimos que merece un castigo. Es aquí donde comienzan los reproches, las discusiones, y las peleas, por lo tanto la relación ha acabado.

Una expectativa en vez de acercarnos a la felicidad no aleja de ella, nos limita a una sola opción y nos aleja de la oportunidad de experimentar y disfrutar las sorpresas que la vida tiene para ofrecernos.

“Ten una expectativa y encontrarás desilusión” Gerardo Shmedling

Escrito por Catalina Lobo para VALORARTEblog.com

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