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    Cuando somos pequeños y aún conservamos la inocencia, disfrutamos todas las etapas de nuestro aprendizaje. Un niño que está aprendiendo a caminar, usualmente se levanta con espontaneidad y torpemente mueve sus piernas con el fin de llegar a algún lugar, si se cae no intenta disimularlo ni se avergüenza de su caída, es más, posiblemente gritará o llorará si la caída ha sido fuerte y le ha generado dolor. Cuando el dolor haya pasado, se levantará y lo intentará nuevamente; la ventaja que tiene es que no repetirá la maniobra que previamente generó su caída pues se ha hecho consciente de que si lo hace obtendrá el mismo resultado y sentirá dolor. En la medida que el niño adquiere práctica y aprende de sus equivocaciones, su forma de caminar es más adecuada, eficiente y satisfactoria.

    Si de niños disfrutábamos el proceso de aprendizaje sin avergonzarnos de nuestras caídas, ¿por qué en nuestra adultez cometer errores nos avergüenza?, ¿por qué sentimos la necesidad de esconder nuestras equivocaciones?, ¿será que escondiendo el error vamos a aprender de él?, ¿nos rechazarán los demás por no ser perfectos?, ¿qué es ser perfecto?

    Todo comienza a muy temprana edad, nuestros padres nos dan lo mejor que pueden y nos han educado de la manera que han creído que es la más adecuada. Antiguamente la herramienta educativa más utilizada era la autoridad, la prohibición y el castigo sin previa comunicación, es decir, sin una explicación clara del por qué de las cosas.

    Imagínate por un momento a un niño que está jugando a la pelota en el salón, no ve nada negativo en dicha actividad; es muy pequeño; le encanta jugar, nadie le ha explicado o enseñado que el lugar menos idóneo para este tipo de juego es dentro de casa; él aún no tiene el discernimiento para determinar que puede o no hacer en determinados espacios, en su cabeza sólo está la necesidad de disfrutar cada momento y de ser feliz; no es consciente del peligro que esto significa para él y para todos los adornos y cosas materiales que están en dicho lugar.

     En determinado momento, la pelota impacta la tv, el juguete más preciado de su padre, la televisión por el golpe cae al suelo y se rompe. Al escuchar el ruido, el padre se acerca, al ver el aparato en el suelo, grita a su hijo, le quita su pelota, le dice que lo que ha hecho está muy mal, que es un niño malo, le pide que se vaya a su habitación, y le dice que está castigado. El niño en ese momento se aleja llorando sin tener la comprensión del por qué del castigo, pudiendo percibir cosas como: jugar en casa es malo, divertirse es incorrecto, cuando juegas en casa tus padres te castigan, papá da miedo cuando se enfada, papá ya no me quiere, soy un niño malo.

    Lo anterior genera en el instinto de supervivencia del niño un impacto, al no comprender el por qué del regaño y del castigo, buscará la manera de no volver a experimentar está situación. El inconveniente es que al no haber recibido retroalimentación del adulto, el niño crea sus propias respuestas mentales provenientes de su percepción inocente e instaura sus primeras creencias limitantes. Muy posiblemente cuando vuelva a hacer algo que crea que generará las actitudes mencionadas anteriormente en alguno de sus padres o del entorno, lo que hará será esconderlas. En este momento se ancla en nuestra mente la falsa concepción de que para ser aceptados no podemos cometer errores.

    El ejemplo anterior es un poco exagerado, lo importante aquí no es el ejemplo sino que visualicemos cómo, por una situación que no comprendemos se instala en nosotros el hábito de negar o esconder el error en vez de reconocerlo, aceptarlo, responsabilizarnos y corregirlo con el fin de no volver a experimentar el resultado insatisfactorio que se ha generado.

   Retomemos el ejemplo anterior, ahora imagínate que cuando el padre del niño escucha el estruendo, se dirige hacia él, al ver que el niño está bien le pregunta qué ha pasado de manera amorosa y le permite responder. Cuando el niño ha terminado de hablar, su padre le explica que ha cometido un error; jugar a la pelota es algo que debe hacerse en espacios abiertos donde no haya cosas que puedan romperse; también le explica que los objetos que se rompen pueden ser un peligro para él mismo, se puede hacer daño, puede cortarse; además le cuenta que ha tenido que trabajar por muchos días para poder comprar esa televisión, que ha supuesto un gran esfuerzo poder adquirirla, le explica el valor de las cosas y le enseña.

    Posteriormente le dice que no podrá jugar a la pelota por un tiempo como resultado de sus acciones, y le enseña que esa es la manera en la que tendrá que asumir la responsabilidad por lo que ha hecho, le informa que cuando el castigo sea levantado y pueda volver a jugar, deberá hacerlo en el parque, le da un abrazo y le manifiesta su amor.

En este caso el instinto de supervivencia del niño al no sentir la amenaza de perder el amor de su padre, no generará una creencia falsa y por lo tanto, en su adultez, no sentirá la necesidad de esconder sus errores para ser aceptado sino más bien de corregirlos. Culpa vs Responsabilidad

Por mucho tiempo escondí mis errores, por mucho tiempo me avergoncé de ellos e intente enterrarlos en lo más profundo de mi, por mucho tiempo intente ser perfecta en vez de ser yo y ser libre. Esto me llevó a repetir una y otra vez comportamientos negativos que generaban resultados insatisfactorios. Un día me di cuenta de que la única manera de cosechar lo que yo deseaba en mi vida, era corrigiendo mis actitudes, acciones e intenciones erróneas, y que para esto lo primero que tendría que hacer era aceptar mi humanidad, aceptar que me equivoco y que soy perfecta tal y como soy. Comencé a ver el error no como algo malo sino más bien como la herramienta más valiosa que tengo para transformar mi vida.

 

“Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma” Carl Gustav Jung