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Hace unos días tomé la decisión de hacer un tramo del camino de Santiago de Compostela. La verdad no sabía de qué se trataba, sólo quería caminar, distraerme y disfrutar de la naturaleza, fue una experiencia muy bonita que me enriqueció y me ayudó a conectar con mi interior.

Mientras hacia el recorrido, en mis momentos de soledad, andando y siendo consciente del silencio externo y de mi ruido interno, comencé a percibir que el camino era analógicamente como la vida, los zapatos que llevaba eran mis limitaciones y falsas creencias y mis tobillos inflamados el sufrimiento ocasionado por dichas limitaciones y creencias.

El camino “la vida”, tiene un punto de partida “mi nacimiento”, y un fin, la llegada a Santiago, “en mi caso es la plenitud, felicidad y paz interior”. Me di cuenta de que aunque quisiera no controlaba nada, la ruta era incierta, seguía las flechas amarillas que eran la luz que me indicaban el camino “conexión interior, buena información”, pero no sabía qué me esperaba delante “futuro”. Algunas veces hacía sol “alegría”, otras frío “tristeza”, la gente con la que me encontraba no era siempre la misma, en el trayecto diario habían subidas “dificultades”, planos “equilibrio” y bajadas “momentos sencillos” pero yo no sabía donde estaban, y lo único que podía hacer era seguir y experimentar espontáneamente lo que el camino me ofrecía.

“Agradable o desagradable, lo único que realmente estaba en mis manos era mi estado de ánimo, si disfrutaba o no la experiencia y cómo reaccionaba frente a los impulsos del exterior.”

Mis botas, “creencias y limitaciones mentales”, comenzaron a hacerme daño después de los primeros 15 kilómetros, pero ya no había vuelta atrás, eran las que tenía, y la única forma de que no me ocasionaran dolor era sustituirlas por otras. Para esto tendría que encontrar un lugar donde comprar unas nuevas “aprender nueva información para remplazar en mi mente los conceptos limitantes que me hacen daño”.

Comencé a observar que aunque las personas caminaban como si todo estuviera bien, cada una llevaba sus cargas pero preferían no compartirlas. No nos gusta mostrar nuestras debilidades, tememos sentirnos vulnerables y por esto en la vida no dejamos ver nuestra belleza interior y nos encerramos en caparazones para protegernos; tememos que nos hagan daño. Lo anecdótico es que al mostrar nuestra debilidad, las personas en vez de atacar se disponen a brindar ayuda; por lo menos en mi camino fue así y en mi vida funciona igual. Al terminar el primer día, mi compañera de viaje y yo nos acercamos al hotel, en ese momento valoramos tanto nuestra cama, que recordarlo ahora me hace gracia y me lleva a reflexionar sobre todas las cosas buenas que tengo.

 El segundo día, con agotamiento aunque parezca extraño, nos dirigimos a seguir nuestro camino. Al ponerme los zapatos sentí nuevamente el dolor, era profundo y me di cuenta que no podría caminar así, entonces decidí ponerme tiritas, algodones para amortiguar, vaselina para evitar ampollas y un montón de cosas que me habían dado los otros caminantes. En nuestra vida real quizás lo que usamos para diluir el sufrimiento son cosas materiales, fiestas, sexo, comida, viajes o cualquier distracción que al final no solucionan nada.

Comencé a caminar, dolía pero noté que mientras estaba en movimiento el dolor se atenuaba de forma significativa, pude percatarme de cómo la vida después de un golpe nos da herramientas para levantarnos y seguir adelante con más energía. El primer duelo que enfrenté hace muchos años, me inició en el camino interior. Ahora, aunque suene extraño, veo lo positivo de esa experiencia tan fuerte que viví, quizás, si no la hubiera vivido, estaría sumida y esclavizada por el mundo materialista, anestesiada por la vanidad y las cosas efímeras.

Acelere la marcha, iba rápido, adelantando a todos los que podía expresando un simple buen camino y concentrada solamente en mi, deseando que el dolor, aunque atenuado por el movimiento, desapareciera como por arte de magia sin hacer absolutamente nada. Noté que vamos tan rápido por la vida, sin detenernos a sentirnos o a sentir a los demás, distraídos por nuestro ruido mental, desaprovechando la belleza que nos rodea y entonces decidí detenerme bajo un árbol a disfrutar del sol, el paisaje y a asumir el dolor que estaba sintiendo.

El siguiente día, el más largo en distancia, pasé a mitad de camino por una pequeña ciudad. En una tienda de zapatos con surtido escaso conseguí unas sandalias de franciscano, así que por fin pude descansar de las botas “actué y sustituí limitaciones y creencias que me generan sufrimiento”. Caminando con éstas me sentía más libre, no eran los zapatos adecuados pero ayudaban a descansar los tobillos, las usé durante dos días y estos se deshincharon. “Nunca me imaginé usando ese tipo de sandalias y menos con medias”. La vida te muestra que lo mejor para ti no es lo que quieres o lo más bonito y caro, sino lo que realmente se amolda a cada uno dándole lo que necesita en cada momento.

El quinto día decidí usar botas nuevamente, caminar con las sandalias tantos kilómetros era muy difícil y mis tobillos ya estaban mejor, aun cuando eran las mismas botas que me habían hecho daño, las utilicé de manera diferente, las deje mas flojas, se volvieron flexibles y de esta manera ya no me golpearon. Llegar al final fue grandioso, ver la felicidad en las caras de la gente que maltratada por sus condiciones en el camino, habían seguido con valor y fortaleza hasta alcanzar sus metas fue fantastico. Yo ahora lo que puedo decir es que fue una experiencia fascinante y que voy a repetirla completa, los 800 kilómetros. Si se está dispuesto, el trabajo espiritual y mental puede ser sanador.

   El camino de nuestras vidas tiene el mismo fin. Todos vamos a llegar al mismo lugar, cada uno con sus experiencias y condiciones personales, unos más rápido y otros más lento, pero al final, todos lo lograremos. No controlamos nada, sólo la manera como asumimos nuestra vida y nuestro estado de ánimo, cuanto más livianos vayamos más fácil será avanzar. Soltemos entonces todas las cargas del pasado, perdonémonos unos a otros y dejemos de querer poseer a todo y a todos. En la medida en que apoyemos a los demás, más rápido llegaremos. La vida no es competencia sino convivencia. Gocemos de esta oportunidad de vivir, de sentir y de compartir con los demás, dejemos a un lado los sentimientos negativos y vivamos en unidad.

!!!BUEN CAMINO!!!